“Todos somos malos en el fondo, solo hay que sacar esa maldad”

 

 

 

Tal como lo declaró Lars Von Trier, en su película “Dogville”, el mal puede crecer en cualquier parte si se dan las circunstancias adecuadas. Todos los que han visto su perturbadora cinta han pensado en la idea de qué tan malos podemos ser, si tan sólo tuviéramos la oportunidad. Una joven mujer, huye y se asienta en una villa que parece darle refugio sin esperar nada a cambio. Al principio, todos son amables pero con el tiempo, sus pasiones ocultas, la represión y sus verdaderos deseos los llevan a transformarse en seres horribles que no se tientan el corazón ante alguien que no tiene nada, sola delante del mundo y desprotegida.

Seguramente has pensado que si las circunstancias te orillan, estarías dispuesto a todo con tal de salvar  tu vida, pero, ¿y si fueras tú quien pone en peligro la vida de los otros? Han pasado 45 años desde que en la Facultad de Psicología de Stanford un experimento que ahora no parece tan ético, cuestionó las redes sociales, la maldad y los roles de cada persona en una sociedad ¿Nos comportamos de acuerdo con el rol que tenemos asignado? 

En este experimento se cuestionaba la influencia de un entorno extremo en la vida de un preso y cómo cambia su comportamiento cuanto más tiempo tiene encerrado. El psicólogo Philip Zimbardo fue el encargado de realizar el controversial experimento de psicología social y sus estudios de comportamiento tenían la ambición de entender los conflictos en las prisiones, en las que, tanto prisioneros como carceleros asumen roles.

24 candidatos fueron seleccionados, aquellos que según un estudio previo, tenían mejor equilibrio mental y salud psicológica.

Estudiantes universitarios de clase media que por 15 dólares diarios contribuirían a la ciencia. Se dividieron en forma aleatoria entre presos y carceleros y regresaron a sus hogares para después ser informados con una visita que el experimento empezaría. Los sótanos del Departamento de Psicología de la Universidad de Stanford fueron acondicionados como cárcel para que pareciera una verdadera prisión. El psicólogo a cargo del experimento tomó el rol de superintendente y su asistente el del alcaide.

El experimento fue planeado para que durara 14 días, los prisioneros sufrirían condiciones duras que los deshumanizara y desorientara y los guardias recibirían todo el equipo necesario para cumplir su deber, con macanas, trajes militares y gafas oscuras para no tener contacto visual, además, podían regresar a casa, mientras que los prisioneros debían permanecer ahí las 24 horas con unas túnicas blancas casi transparentes y sin ropa interior. No existían,  un número se convertiría en su nombre por el tiempo que el experimento estuviera en marcha.

El primer día fue normal y tanto reos como carceleros fueron amables, pero al segundo, los prisioneros hicieron un motín y los guardias sacrificaron su tiempo libre para controlar la situación. Después de ese evento, atacaban a los prisioneros, los obligaban a ir desnudos, no podían lavarse y la comida era una recompensa. Algunos debían dormir en el suelo completamente desnudo, hacían ejercicios por horas, limpiaban los baños con sus manos.

Al cuarto día del experimento, el rumor de huir de la prisión llegó a oídos de Zimbardo y, en lugar de acabar el ejercicio, trasladó a todos a una prisión real. El experimento tuvo que acabarse 6 días después de empezar después de la visita de una estudiante que aseguró que la ética y la moralidad de todo lo que ahí ocurría parecía salirse de los límites de lo permitido.

Esto comprobó que la maldad no se encasilla en un tipo de personas en específico, la gran mayoría sucumbimos a ser crueles; nos preguntamos qué se sentirá acuchillar a alguien para experimentar cómo se introduce el cuchillo en su piel. A veces la conciencia evade la cultura y la moral no importa, involucrándonos en el acabose de una vida como si nada importara. Y así, nació el postulado de Zimbardo “es posible inducir, seducir e iniciar a buenas personas para que acaben actuando con maldad”.

Los límites del bien y el mal desaparecen y, sin importar lo que dice el cristianismo, las dos conviven en nuestro interior. Todos hemos hecho el mal o al menos hemos pensado que es posible acabar con alguien de algún modo en específico. Seguir el camino de la rectitud a veces es complicado. El efecto lucifer nos habla sobre esto, retomando las teorías de Zimbardo, aseguran que, con una influencia apropiada, alguien puede abandonar su ética y contribuir con la violencia y opresión, ya sea de manera directa o por inacción.

Cómo olvidar las hipótesis de Hanna Arendt en las que los soldados nazis ignoraban sus principios y valores para torturar y asesinar a miles de personas porque simplemente seguían órdenes de los comandantes y deseos primarios sin realmente ser conscientes. Los males del mundo, según Zimbardo, son responsabilidad de todos. La deshumanización, la represión y preferir nuestra salvación al de otras personas nos hace ser malos.

Las personas, víctimas de nuestro principio básico de socialización, creamos redes y jerarquías que, como en “El señor de las moscas”, siempre y cuando haya sujetos, habrá una organización, en la que existen constantes peleas por el poder y siempre, el caos, puede desatar la maldad inherente a los seres humanos.

El efecto Lucifer nos habla del primero que desafió las normas correctas, aquel ángel favorito de Dios, el más bello, poderoso y más querido que desafió la autoridad y fue condenado al infierno, donde se convirtió en la bestia más temible. Así como él, todos podemos cometer maldades dependiendo de las circunstancias sociales adecuadas, por el poder que anhelamos, gracias a las ansias de sentirnos superiores. Tal vez sea un líder que no nos atrevemos a contradecir o un grupo al que deseamos pertenecer cuando, por más que no queramos, la razón se desdibuja y nos volvemos víctimas de nuestros deseos.

Todo es, tal vez, porque como decía Paul Ricoeur, no reconocemos al otro, deshumanizamos a la sociedad y no nos reconocemos como sujetos, sino como individuos que crean su entorno a partir de ellos mismos. Es entonces cuando, tal vez como alguna vez dijo Freud, lo único que nos hace no matar al de nuestro lado, son los ojos atentos que los demás postran sobre nuestra retaguardia.


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