Reflexiones sobre la depresión y la posibilidad de que los deprimidos sean una suerte de elegidos para mantener la esperanza de nuestra especie.

 

 

A los 63 años, uno de los actores más populares de las últimas décadas hollywoodenses optó por quitarse la vida. El modus operandi sugiere una desesperación atroz: murió asfixiado al colgarse con un cinturón en su casa de Tiburón, California, luego de, aparentemente, haber tratado de cortarse las venas. Más allá de su fama, producto de ser uno de los más icónicos ensamblajes de la gran máquina de celebridades, tal vez uno de los detalles que más abonaron al shock masivo es que Robin Williams no era sólo un actor; era un cómico, un tipo que no sólo aparentaba desbordar felicidad sino que, al menos de manera efímera, la “producía” en los demás.

El suicidio es esencialmente un acto trágico. Al menos en la cultura occidental, es la autoinducción del arquetípico final, del game over, de oficializar el triunfo de la desesperación. El suicidio es cabrón y, paradójicamente, su trágica naturaleza reside no tanto en el momento culminante como en el proceso que le antecede.

¿Qué ocurre en la mente (y por lo tanto, en la realidad) de aquel que elige terminarse? ¿Cómo fueron los días y las noches previos a ese momento en la vida de Robin Williams? ¿Cuántos millones de personas no están experimentando situaciones similares justo en el instante en que yo escribo o tú lees esto? Y aquí llegamos al tema que realmente nos interesa abordar: la depresión.

La depresión es un estado por lo menos complejo, si no es que inabarcable. Por un lado, en el plano material, presuntamente, se manifiesta a través de una danza de químicos cerebrales. Pero también conlleva una dosis importante de psique y, obviamente, de emocionalidad. En algún sentido es una enfermedad, como cientos de otras que están catalogadas, ni más ni menos, pero también tiene un algo engañoso, elusivo –como cuando volteas a ver un retrato y te das cuenta que él ya te estaba viendo desde antes. Aunque no exclusivamente, pasa por lo frívolo, o al menos por lo burgués y post-moderno, pero en el trayecto toca a su vez algunos de los puntos más profundos de la naturaleza humana.

Por si no fuese suficientemente complicada la anterior mixtura la depresión debiera ser, quizá como protocolo mínimo de respeto o empatía, impronunciable para aquel que no la experimente, pero a la vez, la endémica percepción que conlleva el estar deprimido también imposibilita el abordarla de una forma que permita jugar con la posibilidad de trascenderla. La depresión es una trampa, pero una casi perfecta. Y es que si la voluntad mueve montañas, la depresión construye abismos, tan reales como tu mesa de madera o la taza de té que a veces te acompaña. Además, a diferencia de otras frecuencias anímicas, por ejemplo la melancolía, la depresión carece de toda poiesis, es más bien un estado obscenamente estéril, que fácilmente puede inhabilitar (discapacitar) a aquel que lo experimenta.

La torpeza social o la incapacidad para interactuar dignamente con el fenómeno de la depresión se traducen en situaciones como el abuso del término, la frivolización de un escenario que genuinamente, para muchos, determina buena parte de su existencia. Por otro lado tenemos esta nefasta presión sociocultural para ser felices, o al menos para simularlo sistemáticamente, aspirando a replicar las escenas de júbilo con las que cierran miles de películas. Y es que, en un mundo donde no sólo tienes que ser feliz sino que tienes que demostrarlo e incluso presumirlo –tu felicidad debe ser espectacular, o al menos híperexplícita–, cuál es el rol que toca a los deprimidos.

El caso de Robin Williams despertó un interesante espectro de reacciones. Para muchas personas que sufren de depresión se convirtió en una especie de redentor, una prueba fehaciente de que esta condición no es un simple perfil psicológico o una predisposición a pasarla mal. A otros, primerizos, les develó que la fama, el dinero y similares no garantizan en absoluto la felicidad o la tranquilidad. Hay quienes incluso se aventuraron, como suele ocurrir en los contextos post-suicidas y evidenciando una clara limitación comprensiva, a enfatizar en el egoísmo del señor. En todo caso, más allá de las múltiples interpretaciones, este episodio, al menos, reavivó el debate sobre la condición que derivó en el mediático suceso: la depresión que protagonizó el actor los meses (o años) previos a su muerte –papel que, por cierto, terminaría siendo el más importante de su vida.

La depresión es un misterio que, más allá de la abstracción, goza de un mordaz realismo. Pero también sé que está tan lejos de ser una simple predisposición anímica como lo está de ser un obstáculo insalvable.

La batalla es dura y supongo que, lamentablemente, muchos habrán de caer en sus respectivas luchas. Sin embargo, cada minúscula porción de victoria que se logre en este campo terminará sosteniendo, tal vez, la esperanza colectiva de nuestra obtusa especie –difícil imaginar un insumo más puro que aquel que un “alguien” se aventuró a recoger y trascender, en los terrenos de la depresión, para luego compartirlo con el resto.


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